Buena comida, buen humor.
1361 recetas, organizadas por lo que te apetece hoy. Sin dietas, sin promesas, sin tres párrafos de historia antes de la lista de ingredientes.
El nombre
«Rico» era como me llamaba mi madre de pequeño. Más tarde me di cuenta de que, al otro lado de la frontera, en la mesa se dice lo mismo — ¡qué rico está! — y me hizo gracia la coincidencia: la palabra cruza la frontera y significa siempre lo mismo. Que sabe bien. Se me quedó el nombre, y se me quedó la medida: si no está rico, no merece la pena.
Por qué existe esto
Porque encontrar una buena receta cuesta demasiado trabajo. Escribes «cena saludable» y aterrizas en una página con anuncios saltando por todas partes, tres párrafos de historia antes de llegar a los ingredientes, y al final nadie te dice cuánta proteína tiene aquello. Yo quería lo contrario: abrir, ver qué lleva, ver los números y cocinar.
De ahí los moods. Eliges por lo que te apetece hoy, no por lo que queda en la nevera. Hay días de entreno en los que quieres proteína de verdad. Días sin tiempo, en los que la freidora de aire hace todo el trabajo. Días sin carne, días de sopa, días en los que solo apetece un dulce que no te estropee la semana. Está todo aquí, y es siempre la misma casa.
La comida
Comida de verdad, con ingredientes que reconoces y que compras en cualquier supermercado. Tres de cada cuatro recetas no llevan nada procesado — ni proteína en polvo, ni edulcorantes, ni espesantes. Donde lo llevan, está escrito bien claro: hay días en los que tiene sentido y no merece la pena fingir lo contrario.
Soy portugués y se nota — hay caldo verde, hay bacalao, hay migas. Pero la base es mediterránea, y eso se ve en los números: 717 recetas llevan aceite de oliva y 19 llevan mantequilla. Casi 38 a una. Verduras, legumbres, pescado, hierbas frescas y grasa buena sin miedo.
Y hay Italia: 50 pizzas y 50 platos de pasta, como se hacen allí, porque es la cocina que más me gusta.
Cómo empezó esto
Por el gusto de cocinar y por un problema que era mío antes de ser de nadie más. En los días de mucho lío andaba buscando cosas rápidas que no supieran siempre igual. En los días tranquilos me apetecía lo contrario: una receta con tiempo, de las que se hacen despacio y llenan la casa de buen olor. Fui juntando lo que encontraba y lo que me gustaba, siempre con la misma regla: que se pudiera comer bien sin que fuera un castigo.
Solo que las recetas no hablaban el mismo idioma. Cada una venía escrita a la manera de quien la escribió, unas con gramos y otras con «al gusto», y casi ninguna decía qué tenía aquello en realidad. Ahí empezó el trabajo pesado: reescribirlo todo con mis palabras, poner gramos donde decía «al gusto», calcular los macros receta a receta en vez de estimarlos a ojo, y ordenar las 1361 por mood — para que elegir la cena dejara de ser una búsqueda y pasara a ser una decisión de dos segundos.
Ese trabajo es lo que compras cuando compras un libro: no la receta, que anda por ahí, sino la receta pesada en gramos, con los macros contados y colocada al lado de las otras que combinan con ella.
Esto no para
Esto no es una colección cerrada. Hay recetas nuevas en camino, libros nuevos para moods que todavía no existen y mejoras en los que ya están aquí. Quien esté en la newsletter se entera primero.
Habla conmigo
Espero que te guste. Si tienes una duda, una sugerencia, o si algo no cuadra en una receta, escribe a [email protected] — te respondo yo. Y si haces alguna de estas recetas, enséñamela en Instagram o en Facebook (@ricomood.food): los mejores platos entran en la página, con tu nombre.